En el alba inmaculada
son heraldos de Dios
y no lo saben
Pinceles en el aire
y la belleza
evanescente
domingo, 27 de noviembre de 2011
sábado, 26 de noviembre de 2011
MEMORIAS DE LA ISLA DE SACRISTÍA
MEMORIAS DE LA ISLA DE SACRISTÍA, 1
La joven señorita Adela apartó levemente la suave cortina de
terciopelo rojo cuando intuyó que la luz del sol había declinado en el lado
norte del jardín. El cosquilleo de la tela en la punta de los dedos le hizo
pensar en una legión de hormigas paseando su negra inconsciencia entre sus
dedos blancos. Contemplo durante un instante al brusco jardinero que descansaba
su sudor apoyado en la suave corteza del olmo junto a la fuente. Las hojas
amontonadas a sus pies se arracimaban como nubes verdes bajo un ángel de
postal. La joven señorita Adela sentía la saliva en la boca y una ligera
presión en sus ingles perfumadas de lavanda. Lógicamente, como propio de una
señorita de su categoría, censuró el torso descubierto del brusco jardinero.
Dejó caer la cortina y la habitación se iluminó de sombras. Bajó
levemente los párpados teñidos de vainilla. Pensó que debía volver a su labor y avanzar en
el delicado encaje que tejía hacía ya varias semanas. Luego pensó en el encaje
enredado en el glande del brusco jardinero. Finalmente decidió inclinar la
cabeza hacia un lado, alabear los labios en una ligera sonrisa y dejarse llevar
por la corriente de una perezosa vacuidad.
En aquel tiempo dorado nuestros pescadores partían hacia una
mar feraz, los dioses de las profundidades les eran propicios y las mujeres los
despedían con sus hijos en brazos y una sonrisa beatífica en el rostro. La
mar siempre era calma, los vientos propicios, los faros velaban sin descanso y
los peces buscaban las redes de nuestros hombres. En aquel tiempo dorado.
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