En aquel tiempo dorado nuestros pescadores partían hacia una
mar feraz, los dioses de las profundidades les eran propicios y las mujeres los
despedían con sus hijos en brazos y una sonrisa beatífica en el rostro. La
mar siempre era calma, los vientos propicios, los faros velaban sin descanso y
los peces buscaban las redes de nuestros hombres. En aquel tiempo dorado.

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