lunes, 16 de diciembre de 2013

Ahora que ha acariciado el cadáver que tanto amó cuando estaba vivo, que tanto le amó, el dolor se levanta como un grito atroz en el silencio de la noche, y golpea las puertas de la eternidad con sus manos desnudas. Quizá no le duele la ausencia. Quizá sólo le duele el dolor de los que quedan, de los que también amaron y fueron amados, de los que forjaron caricias que querían eternidad. Y le duele quizá tener que decidir si la muerte es todo o no es nada. Y le duele el silencio de la noche, la dureza de las puertas de piedra con que se guarda el secreto de la vida.

En la noche insomne murmura su oración.




Guarda su alma, Señor, guarda su alma. Alivia el dolor de los que quedan. Danos consuelo... Haznos saber que estás al otro lado de las puertas que golpeamos con las manos desnudas, ensangrentadas. Al otro lado del silencio.




Y queremos engañarle diciendo que no podemos más. Y temblamos como niños, porque sabemos que sí podemos más, que el cáliz de nuestro dolor aún no rebosa. Y nos dormimos cubiertos por sábanas de llanto.

Y cuando el sol nos desvela parpadeamos incrédulos, porque aún no podemos creernos que hayamos acariciado el cadáver de quien tanto amamos, quien tanto nos amó. Y retorna el dolor y la duda, como se hace frágil en la fragua la espada al rojo vivo antes de que un nuevo golpe del martillo la modele y el agua la endurezca. Frágil para ser fuerte, recta, limpia, bajo el martillo que tanto tememos, como niños.

Temerosos como niños desterrados del Paraíso.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Las raíces hundidas en la oscuridad,
los troncos anhelantes de aire, ateridos,
las aladas copas como cálices de luz,
y al fin el cielo.


La más densa oscuridad esconde la luz,
anhela la luz, es luz ciega.
Luz que se sueña en medio de las tinieblas.
Luz que escucha la voz de Dios en la hora más oscura.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Todos vivían en su abigarrado mundo preguntándose cómo debía de ser el cielo. Uno de ellos ascendió, y mientras bogaba por el mar le contó a los peces que el cielo era como debía ser la tierra. Los peces, sin embargo, anhelaban que el mar fuera como debía de ser el cielo.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Aquel hombre había bebido el licor de la luna, con un gajo del fruto del árbol prohibido flotando en la copa y una gota de sangre de rosa blanca por añadidura, y ese brebaje lo había enloquecido. Se creía una araña que tejiera sus hilos para atrapar el universo todo en su red delirante, y avanzaba en la noche hacia la luna nimbada por la niebla turbia de la razón cuyo sueño producía monstruos. 
Moriría de un modo tan bello que las aromadas flores nocturnas detuvieron sus efluvios un instante para aplaudirle.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Cuando al fin comprendió la naturaleza del tiempo, supo que las estatuas estaban más vivas que los hombres. Iba al atardecer al jardín, húmedo y umbrío, antes de que llegara la oscuridad, y las miraba largo tiempo, fuera del tiempo. Y ellas le hablaban, y sus voces de piedra eran tan dulces que sentía el íntimo deseo de llorar, de que sus lágrimas se helaran en caricias de hielo sobre sus mejillas.

 Somos tan fugaces, decían las estatuas centenarias, somos como el copo de nieve en las manos cálidas de un niño, apenas un efímero parpadeo.
Y él lo entendía, porque las estatuas milenarias contemplaban, con sus ojos ciegos, la eternidad.

domingo, 15 de septiembre de 2013




Sobre la cúspide dorada del trigo, en los feraces campos, Dios tañe la música dulcísima de la vida eterna. 

sábado, 14 de septiembre de 2013

El fantasma

Contempló aterrada al fantasma. No temía que viniera del otro mundo, que surgiera de los páramos de la muerte, que hubiera atravesado los laberintos por los que un alma transita para retornar, para desmorirse y mostrarse ante los ojos de otros, para ser de nuevo otro frente a alguien.

No temía nada de eso. Ni lo que pudiera hacer; al fin no era sino una sombra, una nube, un cendal de niebla.

Lo que la aterraba era que venía de este mundo, que era una criatura de este mundo. Y su dolor y su tristeza reflejaban que el mundo no cesaba con la muerte, que el dolor y la tristeza, la duda y la miseria persistían más allá. Que este mundo de materia y el otro de sombra y niebla eran la misma cosa.


Y también temía su belleza.
Y le aterraba no saber por qué.

martes, 30 de julio de 2013


MEMORIAS DE LA ISLA DE SACRISTÍA.

Memorias de la Isla de Sacristía 2.

La joven señorita Adela descendió por las anchas escaleras de piedra hasta la planta principal de la ruinosa casona. Allí, su excelso tío Jacinto mantenía el dedo alzado y recitaba inmisericorde su letanía a las estatuas de ojos turbios que lo miraban en silencio, pacientes y educadas. La disertación de esa tarde versaba sobre las esquinas, y el excelso Jacinto defendía la conveniencia de mantener su ángulo tradicional de noventa grados frente a las novísimas tendencias que pretendían limarlas, formando esas confusas esquinas truncadas. Su prudente esposa, la impasible señora Úrsula, lo contemplaba reclinada en una silla mientras sostenía en una mano un vaso de licor transparente y con la otra su propia cabeza, ligeramente ladeada sobre una rosa blanca que se marchitaba silente en un jarrón azul. La impasible señora Úrsula imaginaba maneras de asesinar a su esposo, el excelso Jacinto, pero la atormentaba no encontrar ninguna lo bastante cruel. Suspiró. Sin duda su imaginación no era la de otrora. Dio un ligero sorbo a su bebida y decidió salir al jardín, donde se aburrían mortalmente las petunias.  
Sic transit gloria mundi.