En la noche insomne murmura su oración.

Guarda su alma, Señor, guarda su alma. Alivia el dolor de los que quedan. Danos consuelo... Haznos saber que estás al otro lado de las puertas que golpeamos con las manos desnudas, ensangrentadas. Al otro lado del silencio.
Y queremos engañarle diciendo que no podemos más. Y temblamos como niños, porque sabemos que sí podemos más, que el cáliz de nuestro dolor aún no rebosa. Y nos dormimos cubiertos por sábanas de llanto.
Y cuando el sol nos desvela parpadeamos incrédulos, porque aún no podemos creernos que hayamos acariciado el cadáver de quien tanto amamos, quien tanto nos amó. Y retorna el dolor y la duda, como se hace frágil en la fragua la espada al rojo vivo antes de que un nuevo golpe del martillo la modele y el agua la endurezca. Frágil para ser fuerte, recta, limpia, bajo el martillo que tanto tememos, como niños.
Temerosos como niños desterrados del Paraíso.







