lunes, 16 de diciembre de 2013

Ahora que ha acariciado el cadáver que tanto amó cuando estaba vivo, que tanto le amó, el dolor se levanta como un grito atroz en el silencio de la noche, y golpea las puertas de la eternidad con sus manos desnudas. Quizá no le duele la ausencia. Quizá sólo le duele el dolor de los que quedan, de los que también amaron y fueron amados, de los que forjaron caricias que querían eternidad. Y le duele quizá tener que decidir si la muerte es todo o no es nada. Y le duele el silencio de la noche, la dureza de las puertas de piedra con que se guarda el secreto de la vida.

En la noche insomne murmura su oración.




Guarda su alma, Señor, guarda su alma. Alivia el dolor de los que quedan. Danos consuelo... Haznos saber que estás al otro lado de las puertas que golpeamos con las manos desnudas, ensangrentadas. Al otro lado del silencio.




Y queremos engañarle diciendo que no podemos más. Y temblamos como niños, porque sabemos que sí podemos más, que el cáliz de nuestro dolor aún no rebosa. Y nos dormimos cubiertos por sábanas de llanto.

Y cuando el sol nos desvela parpadeamos incrédulos, porque aún no podemos creernos que hayamos acariciado el cadáver de quien tanto amamos, quien tanto nos amó. Y retorna el dolor y la duda, como se hace frágil en la fragua la espada al rojo vivo antes de que un nuevo golpe del martillo la modele y el agua la endurezca. Frágil para ser fuerte, recta, limpia, bajo el martillo que tanto tememos, como niños.

Temerosos como niños desterrados del Paraíso.

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