Cuando el peregrino llegó al límite del universo, confirmó lo que siempre había sospechado, que no era más que un muñeco encerrado en una bola de cristal, y que más allá del límite se extendía un vasto e inmenso mundo incomprensible.
Y cuando regresó a su patria todo tenía el raro sabor de lo irreal. El agua de los ríos, el color de las montañas, la voz murmurante del viento, el sol que le sonreía irónico, las estrellas que tachonaban el falso firmamento. Sin embargo su tierra era aquella ficción, aquella dulce mentira fabricada por un demiurgo travieso pero quizá bondadoso. Así que decidió no tomarse en serio. Ser un muñeco dentro de una hermosa bola de cristal, en un mundo bello y minúsculo, no era un destino tan odioso.

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