Moriría de un modo tan bello que las aromadas flores nocturnas detuvieron sus efluvios un instante para aplaudirle.
sábado, 21 de septiembre de 2013
Aquel hombre había bebido el licor de la luna, con un gajo del fruto del árbol prohibido flotando en la copa y una gota de sangre de rosa blanca por añadidura, y ese brebaje lo había enloquecido. Se creía una araña que tejiera sus hilos para atrapar el universo todo en su red delirante, y avanzaba en la noche hacia la luna nimbada por la niebla turbia de la razón cuyo sueño producía monstruos.
jueves, 19 de septiembre de 2013
Cuando al fin comprendió la naturaleza del tiempo, supo que las estatuas estaban más vivas que los hombres. Iba al atardecer al jardín, húmedo y umbrío, antes de que llegara la oscuridad, y las miraba largo tiempo, fuera del tiempo. Y ellas le hablaban, y sus voces de piedra eran tan dulces que sentía el íntimo deseo de llorar, de que sus lágrimas se helaran en caricias de hielo sobre sus mejillas.
Somos tan fugaces, decían las estatuas centenarias, somos como el copo de nieve en las manos cálidas de un niño, apenas un efímero parpadeo.
Y él lo entendía, porque las estatuas milenarias contemplaban, con sus ojos ciegos, la eternidad.
Somos tan fugaces, decían las estatuas centenarias, somos como el copo de nieve en las manos cálidas de un niño, apenas un efímero parpadeo.
Y él lo entendía, porque las estatuas milenarias contemplaban, con sus ojos ciegos, la eternidad.
domingo, 15 de septiembre de 2013
sábado, 14 de septiembre de 2013
El fantasma
Contempló aterrada al fantasma. No temía que viniera del otro mundo, que surgiera de los páramos de la muerte, que hubiera atravesado los laberintos por los que un alma transita para retornar, para desmorirse y mostrarse ante los ojos de otros, para ser de nuevo otro frente a alguien.
No temía nada de eso. Ni lo que pudiera hacer; al fin no era sino una sombra, una nube, un cendal de niebla.
Lo que la aterraba era que venía de este mundo, que era una criatura de este mundo. Y su dolor y su tristeza reflejaban que el mundo no cesaba con la muerte, que el dolor y la tristeza, la duda y la miseria persistían más allá. Que este mundo de materia y el otro de sombra y niebla eran la misma cosa.
Y también temía su belleza.
Y le aterraba no saber por qué.
No temía nada de eso. Ni lo que pudiera hacer; al fin no era sino una sombra, una nube, un cendal de niebla.
Lo que la aterraba era que venía de este mundo, que era una criatura de este mundo. Y su dolor y su tristeza reflejaban que el mundo no cesaba con la muerte, que el dolor y la tristeza, la duda y la miseria persistían más allá. Que este mundo de materia y el otro de sombra y niebla eran la misma cosa.
Y también temía su belleza.
Y le aterraba no saber por qué.
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