sábado, 21 de septiembre de 2013

Aquel hombre había bebido el licor de la luna, con un gajo del fruto del árbol prohibido flotando en la copa y una gota de sangre de rosa blanca por añadidura, y ese brebaje lo había enloquecido. Se creía una araña que tejiera sus hilos para atrapar el universo todo en su red delirante, y avanzaba en la noche hacia la luna nimbada por la niebla turbia de la razón cuyo sueño producía monstruos. 
Moriría de un modo tan bello que las aromadas flores nocturnas detuvieron sus efluvios un instante para aplaudirle.

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