Cuando al fin comprendió la naturaleza del tiempo, supo que las estatuas estaban más vivas que los hombres. Iba al atardecer al jardín, húmedo y umbrío, antes de que llegara la oscuridad, y las miraba largo tiempo, fuera del tiempo. Y ellas le hablaban, y sus voces de piedra eran tan dulces que sentía el íntimo deseo de llorar, de que sus lágrimas se helaran en caricias de hielo sobre sus mejillas.
Somos tan fugaces, decían las estatuas centenarias, somos como el copo de nieve en las manos cálidas de un niño, apenas un efímero parpadeo.
Y él lo entendía, porque las estatuas milenarias contemplaban, con sus ojos ciegos, la eternidad.

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